Medallista olímpico cubano: de la gloria a la miseria

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Con mucho detenimiento todos los cubanos hemos seguido, de una forma o de otra, los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, no tanto porque nos guste el deporte, sino porque no hay otra opción de esparcimiento. Eso sin que pase desapercibido el fuerte toque politizado que le aportan los comentaristas cubanos, cosa que raya en la indecencia.

El gobierno y los locutores se han vanagloriado del posicionamiento de nuestros atletas en el medallero y lo catalogan “como un logro de la revolución”. Fidel Castro publicó una “reflexión” que ha sido leída varias veces al pueblo en cuanto espacio radial y televisivo existe en la isla. En ella, hace desproporcionadas comparaciones en cuanto a población, dimensiones territoriales y números de medallas alcanzadas.

Entonces, salta a mi mente el caso del medallista de plata en las Olimpiadas Mundiales de la Enseñanza Especial celebradas en Beijing, China, en 2007. Me refiero a Rauler Castellanos Moreno, un joven pinareño de raza negra quien a pesar de su victoria en ese campeonato vive hoy en condiciones infrahumanas.

Su casa, con piso de tierra, tiene una mesa rudimentaria con muy pocas vasijas y una total ausencia de víveres para cocinar. Por “cocina eléctrica” tiene una pequeña resistencia; su armario es una caja de huevos. Su colchón es de saco de yute rellenado con hojas secas de plátano. Sus ventanas son improvisadas con una palizada mal engarzada para resguardarse del aire y de la lluvia.

Este es el premio de haberle traído a la PATRIA una alhaja de plata que fue —como las de la delegación cubana que viajó en esta oportunidad a Guadalajara— vociferada y cacareada. Mientras, Rauler Castellanos y su vida fueron olvidadas por todos.

Rauler Castellanos conoció otras latitudes, hizo nuevas amistades y a su regreso fue recibido con un diploma de reconocimiento que le entregara el INDER. Hoy, muestra consternado a los amigos las fotos del evento, se envuelve en la insignia patria recordando su esfuerzo y su triunfo. Sin embargo, pasó —como otros tantos—, de la gloria a la miseria.